Remco Evenepoel vuelve a vestir de rosa en un Giro de Italia de igualdad máxima | Deportes

Remco Evenepoel, durante la contrarreloj.LUCA BETTINI (AFP)

Camino de la rampa de salida en la plaza de Savignano, donde el viejo Francesco Moser, el mejor contrarrelojista de la historia del Giro lo mira todo con la curiosidad de los jubilados, más escépticos que maravillados, con demasiado tiempo libre, y abre los ojos como platos tan grandes como el plato de 64 dientes con que decora su Pinarello Geraint Thomas, y antes de comenzar la contrarreloj que le encumbrará de nuevo, Remco Evenepoel cruza el Rubicón, un escuálido riachuelo, por el puente romano y quiere gritar “los dados están lanzados”, como hizo Julio hace 2.072 años antes del golpe de estado que le hizo César, y así lo relató él mismo en su Guerra de las Galias, una de las primeras grandes crónicas deportivas de la historia. “Vae victis” (“ay de los vencidos”, algo así como que se fastidien los que han perdido, esto es una guerra) querría añadir el campeón del mundo, siguiendo con historias de guerras entre romanos e irreductibles galos, pues la intención del belga es, si no sentenciar, sí lograr la ventaja suficiente sobre todo en los 35 kilómetros lisos de Savignano a Cesena, para que las montañas que vienen, Alpes suizos, Bérgamo, la próxima semana, Dolomitas, la última, le encuentren abrigado, y suena Romagna Mia en las cunetas y las parejas bailan agarradas junto al quiosco de Sala de Cesenatico, kilómetro 16, donde Tonina Pantani cocinaba piadinas con manteca de cerdo rellenas de Nutella para el apetito insaciable de su hijo Marco, y ahora, sola, llora.

Tres cuartos de hora más tarde Evenepoel sube unas cuantas veces al podio, donde no puede gritar su “vae victis”. Ha ganado la etapa, viste de rosa de nuevo (el noruego Andreas Leknessund, anterior líder, perdió 1m 15s), pocos le aplauden y él mira serio a todos, y todos le miran con compasión quizás, y algo de lástima. Lo tiene todo y no tiene nada. No es César imperial. Roma no está a sus pies. Roma está lejana, a dos semanas de viaje, a dos tercios de Giro. Y quizás él no llegue ganador. “No ha sido la mejor contrarreloj para mí. Esperaba ganar más tiempo. El camino a Roma aún es largo. He ganado dos etapas y eso es bueno para tener fe, pero estoy contra los mejores corredores del mundo”, explica el campeón del mundo, que, en la contrarreloj más apretada de la historia más que centenaria de la carrera, se ha impuesto al sabio galés Thomas por solo nueve centésimas de segundo. 41m 24,97s para él, a 50,7 kilómetros por hora de media; 42m 25,06s para el corredor del Ineos de mirada miope, que se maneja mejor, que es pura seda pedaleando en la llanura, bajo la lluvia que diluvia y, cuando escampa, bajo un pálido sol que le saca reflejos de oro, y que en una curva en ese, la única de los 35 kilómetros del recorrido, duda y se trastabilla. Y a Primoz Roglic, el esloveno que envenena sus sueños y que se complace en torturarle psicológica y físicamente, el ciclista al que se había prometido aventajarle en un minuto, solo le ha superado por 17s, un nada, y el primer día, en solo 20 kilómetros le había sacado 43s. Y el otro pincho del Ineos, el londinense tímido Tao Geoghegan, mejor escalador que Thomas, menos emprendedor, más regular, solo 2s.

Los cuatro que se juegan el Giro ya han ganado alguna grande, el viejo Thomas, un Tour; Roglic, tres Vueltas; Tao, un Giro. Evenepoel ha ganado una Vuelta, pero, quizás demasiado desquiciado, ha perdido el aplomo de quienes saben cómo ganar, la experiencia y sabiduría que parecían manar de sus poros, de sus gestos, los primeros días, y corre más novato que nunca.

El sábado, en Fossombrone, culminada su derrota, Remco Evenepoel se sube a la cabra sobre rodillos para su habitual rutina defatigante. Ya vive en el día siguiente. Psicológicamente necesita recuperarse del golpe moral (y 14s) que le propinó el esloveno en la subida al monasterio de los capuchinos, una cuesta que obliga a la meditación, al dolor y a la oración. A la meditación, Remco, del año 2000, le opone la acción. La urgencia. Cruza el Rubicón en Savignano y lo hace más acelerado que nadie, esprintando sobre las piedras de pórfido que pavimentan la salida. Preparado para todo, con ganas de llegar a todo. Engulle los kilómetros a grandes bocanadas. Un torpedo compacto, y los pedales ligados a un plato de 60 dientes parece que se mueven solos, tan rápidos van, tan aparentemente fácil. En el kilómetro 13, Evenepoel es el emperador del mundo. Mira a todos desde su altura inalcanzable, a Roglic, campeón olímpico de la especialidad, le tiene ya a 31s, a la pareja del Ineos, siempre tan cerquita, a 14s. El torpedo explota entonces. Ahí se acaba su fulgor y comienza su dolor. Se ha atrevido a ir contra la lógica, contra el planteamiento de la gente normal.

“Empecé 15 vatios demasiado rápido. Empecé como hace ocho días con la misma potencia, pero entonces era poco más de 20 minutos la contrarreloj, esta era de 40, y la lluvia, las piernas ya no están tan frescas…”, dice Evenepoel, que, en la fase del dolor corre con más ferocidad que elegancia, e invierte la curva descendente que le llevaba al abismo (mismo tiempo que Tao y Thomas en el kilómetro 29; 23s sobre Roglic). “Hacia el final mis piernas estaban cada vez más reventadas. Del primer al segundo tiempo intermedio fue lo peor para mí. En los últimos seis kilómetros, después de la parte más técnica, me fue mucho mejor. Sentía más fuerza en las piernas, piernas nuevas por así decirlo. Si hubiera sido cinco kilómetros más larga, habría sido incluso mejor”.

Llegados al primer lunes de descanso, camino de Toscana, en la general, Thomas, segundo, está a 45s del campeón del mundo; Roglic, a 47; Tao, a 50s. Cuatro ciclistas en menos de un minuto. “Y ahora comienza un nuevo Giro, el Giro real y verdadero”, dice Evenepoel. “A ver cómo me va, porque marchamos hacia las montañas, volverá a hacer mal tiempo, vendrán momentos duros, y yo, en la lluvia, no soy el mejor del mundo. Deberé sacar lo mejor de cada situación, y disfrutar cada día que pase en rosa”.

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